miércoles, 21 de mayo de 2014

¿PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA EN LA ESCUELA?

La mayoría de las preguntas suelen resonar de manera muy diferente -lo sabemos-
de acuerdo con quien las formula, cómo lo hace, a quien as dirige, o en qué momento o
lugar las plantea. La pregunta "para qué sirve la filosofía?" es un buen ejemplo. No es
extraño verla surgir, como inocente inquietud de un joven estudiante ante su profesor de
filosofía, el primer día de clase, en una escuela secundaria cualquiera.
Por lo general, a los profesores de filosofía, esta pregunta difícilmente nos sorprenda.
Muy en consonancia con los tiempos qué corren, la vemos venir, casi naturalmente. Es
probable, incluso, qué ya estemos bastante entrenados en responderla, de manera poco
menos qué rutinaria. Sabemos ponernos en guardia y, sin qué nos cueste demasiado,
podemos salir del paso. Ahora bien, cabría preguntamos, todavía, si en estas salidas
mas o menos decorosas hay algo de filosofía o, al menos, alguna ejercitación del pensar
crítico. Seguramente coincidiríamos en qué en Iíneas generales, nuestras respuestas
ofrecen pocas posibilidades de promover el pensamiento.
Podemos pensar esta misma situación cuando somos nosotros quienes nos
preguntamos "¿para qué sirve la filosofía?". Seguramente, esta pregunta nos acució mas
de una vez en nuestra práctica docente, al entrar o salir de un aula. Mas aún, la escuela
secundaria tiene la particularidad de darte a este interrogante una presencia constante y
unos matices nuevos. Es posible qué también en este caso hayamos podido salir
airosos, al menos en apariencia. Sin embargo, podemos preguntarnos todavía si, para
sal ir adelante, no habremos tenido que dejar pasar una oportunidad para el
pensamiento.
En este trabajo nos interesa proponer una vuelta sobre la pregunta misma como
primer paso para abordar la cuestión. Intentaremos Iuego abrir algunos caminos que
permitan una resignificación de los "servicios" que podría ofrecer la filosofía.
Sabemos que el sentido de una pregunta radica, esencialmente, en el tipo de
respuesta que espera el que la formula. Esto es lo que definirá, en última instancia, un
posible sentido filosófico de la interrogación. Cuando se pregunta "para qué sirve la
filosofía?" en las condiciones señaladas, el planteo no suele diferir, por lo general, de
preguntas como, por ejemplo, "¿para qué sirve un horno de microondas?". Se espera una
respuesta que de un sentido utilitario o pragmático más o menos inmediato a la pregunta.
Nos alejamos asi de una inquietud estrictamente filosófica, en tanto que el marco que
contextualiza la respuesta esta dado por criterios externos a la filosofía -lo útil, lo Revista de Filosofía y de Teoría Política - 1996 – Nro. 31-32 2
provechoso o eficaz-, preestablecidos y condicionantes. Aún preguntas en apariencia
poco filosóficas -como “¿para qué sirve un horno de microondas?"- podrían originar una
oportunidad propicia al pensamiento si esperáramos de ellas otro tipo de respuesta,
menos adaptativa o menos sometida a un criterio dado.
Ahora bien, es posible transformar la pregunta por el para que de la filosofía en una
inquietud auténticamente filosófica?, ¿podemos asignarle un sentido filosófico a esta
pregunta?: ¿para qué? En pos de situarnos frente a estos interrogantes necesitamos
repasar la respuesta tradicional que algunos filósofos han dado a aquella cuestión y,
correlativamente, precisamos aclarar as condiciones actuales de la filosofía en la escuela
y su horizonte de posibilidades.
Si recurrimos entonces a los filósofos„ muchos han afirmado, con altitud y erudito
orgullo, que la filosofía no sirve para nada. En virtud de ello, la filosofía será
completamente libre e independiente, al no depender más que de si misma: no sería
"sirvienta" de nada ni de nadie. En realidad, lo que estos filósofos quieren decir es que la
filosofía no sirve para nada en particular o especial, sino que sirve "para todo" -esto es,
para lo esencial-, en la medida en qué se ocupa de las cuestiones mas profundas. No se trataría, entonces, de su in-utilidad sino de su suprautilidad. A esta
suprautilidad orgullosa, históricamente, otros filósofos han opuesto una inutilidad
descalificadora. Hoy, en un mundo dominado por la valoración de los resultados y la
eficacia, este punto de vista se ha potenciado notablemente: la filosofía se suele
sostener, no ofrece productos tangibles, resultados inmediatos ni respuestas rápidas,
eficientes y, sobre todo, redituables. Es, por lo tanto, inservible, inútil.
En estos tiempos, los "para qué," social mente predominantes están pensados casi
exclusivamente bajo el prisma de la utilidad inmediata, de la productividad mercantil y el
beneficio económico. Esta grosera utilidad regula los "para qué" valorados, que deben ser
medibles, cuantifica bles y, sobre todo, redituables. Los "para qué" deben ofertar aquello
que solicita una demanda que ha aprendido a reclamar el éxito individual, la imagen de
as modas pasajeras o el encanto de lo exótico. Pero también, y fundamentalmente, la
demanda se constituye desde la necesidad de evitar las mediaciones superfluas en el
logro del rédito económico. Las escuelas no son ajenas a esta presión del reclamo
utilitario y suelen terminar transfigurando sus objetivos para satisfacer los "para qué"
social mente reconocidos, siguiendo estrategias originadas, mas o menos directamente,
en las necesidades del mercado.
Tratando de adaptarla a estas condiciones, asistimos a la pretensión de querer
convertir a la filosofía en un útil más, una herramienta dúctil para aceitar la lógica, la
retórica, la política o la estética del estado de cosas coyuntural. Esto es mas significativo en
cualquier fin. Se puede volver para entender y ordenar, para explicar y justificar, o
simplemente para adornar y refinar. Pero en ningún caso permitirá poner en cuestión los
fundamentos de aquello que se presenta como lo dado, lo habitual y, a su vez, resulta lo
determinante.



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